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Palma Soriano.- Hace poco leí en las redes sociales esta breve pero impactante reflexión: “He visto hijos que se pelean por la herencia de los padres, pero no he visto hijos que se peleen por cuidar a los padres cuando estos envejecen”. El texto, apoyado con una lamentable imagen de fondo, generó los más diversos comentarios, así como reacciones de ira, tristeza, pero ninguna de asombro.
Y es que arribar a la tercera edad con buena salud constituye uno de los retos mayores del presente. El acelerado envejecimiento poblacional es una realidad palpable, y aunque el Estado realiza esfuerzos para garantizar una longevidad satisfactoria, no toda la responsabilidad puede recaer sobre las instituciones del gobierno.
La familia desempeña un rol fundamental e insustituible en el cuidado de sus ancianos, sobre todo cuando se trata de padres y abuelos. Lavarse las manos o ser indiferentes ante esa responsabilidad, que más allá de un reclamo debe constituir un deber, denota la ausencia de valores elementales.
Es verdad que el dinamismo de la vida, unido a lo impostergable de suplir las necesidades materiales, coloca en una encrucijada a no pocas familias. Sin embargo, la solución jamás debe ser sacrificar la estabilidad y el bienestar de los ancianos, máxime cuando llega el momento en que no pueden valerse por ellos mismos.
Meditar en sus horas de desvelo por nosotros, en su paciencia, dedicación, e infinita ternura, son razones más que suficientes para disputarnos su atención y cuidado, e iniciar así la más hermosa y noble de las peleas.










