¡Por la continuidad de nuestra historia!

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Palma Soriano.- Dos interrogantes sobre el sistema social cubano. Uno: ¿Por qué seguir apostando por el proyecto social cubano en medio de sus complejidades y cotidianidad como país y de los impactos internacionales?

Hay múltiples razones para seguir apostando por la obra que los cubanos hemos decidido crear, desarrollar y defender, a pesar de quienes desde afuera tratan de impedirlo a toda costa y de los que, desde dentro, con el alma vendida, se someten a aquellos. Pudiéramos hablar solo de algunas, en aras del espacio.

La primera razón fue forjándose en un proceso continuo del nacimiento de la nacionalidad cubana y que la luz en una de sus manifestaciones, el 10 de octubre de 1868 con el inicio de la lucha por la independencia. Los cubanos decidimos ser independientes, sin dominaciones externas, sin amos y sin regidores desde las potencias extranjeras; eso nos ha costado la vida de nuestros mejores hijos, inmensos sacrificios, la entrega total a la causa, desde los más humildes hasta encumbrados de las más altas posiciones económicas y sociales, hasta llegar a nuestros días. Echar a un lado ese factor, es traicionarnos nosotros mismos.

Otra razón es que, a través de la historia, defender ese derecho nos forjó una actitud ante la vida, caracterizada por el coraje, el desborde de la imaginación, de insospechada creatividad y la inteligencia más sagaz, que hoy por hoy asombra a amigos y hasta a nuestros enemigos externos, lo que ha dado lugar a la famosa frase: “el cubano la inventa en el aire”.

Un triste episodio –poco mencionado-, la Reconcentración de Weyler, nos mostró que si aquella atrocidad norteamericana contra este digno pueblo costó la vida de más de 300 mil cubanos, la mayoría niños, mujeres y ancianos, y no nos doblegamos, desdeñar ese cimiento del espíritu de resistencia forjado, es traicionarlos a ellos y a los que posteriormente hasta hoy decidieron que ese y no otro era el camino para seguir siendo lo que somos. A escala de todo un pueblo se puso a prueba ese profundo espíritu de resistencia y resiliencia cuando decidimos enfrentar, en la época más reciente, el intento de los EE UU de matarnos por hambre y escaseces, aprovechando la desaparición por ellos tramada y por aquellos mal defendida, del bloque socialista en la década de los noventa, conocido históricamente como período especial. Convencido estamos los cubanos que sin el proyecto social que defendemos, no hubiese sido posible salir del fondo que tocamos. Desdeñar ese espíritu, sería un abominable suicidio.

Desde el capitalismo salvaje, –el que ha traído absolutamente la mayor parte de las desgracias y desastres que ha padecido la humanidad, desde hambrunas, pobreza, desigualdades, inseguridad, guerras, destrucción del hábitat, el despiadado hábito de consumismo, los antivalores que deshumanizan al hombre como el odio, el egoísmo, el afán desmedido por la fortuna aunque se aplaste al otro, el engaño, la injusticia y la mentira, entre otros muchos males- es imposible soñar y forjar un mundo mejor para la especie humana. El mundo debe buscar y busca, alternativas más acertadas, basadas en la sostenibilidad, la solidaridad, el cuidado de la naturaleza, el trato de igual a igual, sin ninguna forma de discriminación, sin odios, sin la ley del más fuerte ni el imperativo de las armas. Es lo que hemos tratado de hacer los cubanos a partir de 1959; regresar al espejismo de aquel sistema, es la autodestrucción.

Sin soslayar otras razones que quedan, no puedo dejar de mencionar esta: Los que observamos al mundo, los que hemos vivido la gloria de las conquistas alcanzadas por este pequeño pero corajudo y gran país, no queremos para nuestros hijos y nietos ni las drogas, ni la esclavitud sexual y mucho menos el abuso infantil; no queremos el mundo en que todo es mercancía: la educación, la salud, la naturaleza, el deporte, la cultura, el modo de vivir, la inocencia. No queremos la guerra, ni la inseguridad en las calles; no queremos famélicos y niños hurgando en la basura o trabajando para explotadores para sobrevivir, ni analfabetos ni que mueran apenas nacen. Esas realidades en la mayoría de los países, hasta del primer mundo, no forman parte del proyecto social cubano, ¡ello nos hace felices!

Dos: ¿Qué le deseamos a las actuales y venideras generaciones de niños, jóvenes y adultos mayores?

A todos, les deseamos aprender de la historia, defender lo que hasta ahora ha logrado este pueblo, no dejarse engañar por cantos de sirenas de otros modos ajenos a nuestra identidad, amar a su patria chica y a la patria grande, seguir sintiendo el orgullo de ser cubanos y de tener la hermosa tradición de ayer y de hoy, para que la de mañana sea también honrosa; defender a toda costa nuestra cultura y elevar constantemente la personal para ser mejores personas, para tener una mejor nación y por lograr la felicidad plena; alejarse de la vulgaridad y de los vicios, enemigos de la cultura y la decencia; ir hacia adelante siempre con la verdad, con la honradez del humilde y no dejarse vencer por mezquinos, autocráticos, oportunistas e insensibles. Dejar a un lado los prejuicios intergeneracionales y tratar siempre de lograr el punto de encuentro de la comprensión, la armonía; reconocer por ello el mérito del aporte y la experiencia, sin distingos, enfrentar las malas actitudes y no a las personas. Llevar siempre en la conciencia la responsabilidad que cargan en sus hombros: cuidar la libertad, la independencia y la soberanía de Cuba, como garante del freno a los apetitos expansivos del norte hacia el sur y preservarla de la traición. Y si en ello les fuera la vida ¡bendita muerte cargada de la gloria por la continuidad de la historia!