- Detalles
Palma Soriano.- Me levanto temprano, ella aún está dormida. Tomo unos minutos para recordar sus ocurrencias del día anterior, ella está descubriendo el mundo.
Ya reconoce los animales, imita los sonidos y hasta sabe lo que es el círculo, el cuadrado, la estrella, el sol y la luna. No puede ver un lápiz o una crayola porque enseguida dice “a pintar”. Mi niña aprende muy rápido, a veces digo en forma de broma, que quizás el desarrollo acelerado de su cerebro, está relacionado con la cantidad de ácido fólico que tomé antes y durante el embarazo. Lo cierto es que me deja estupefacta.
El reloj avanza, me apresuro un poco. Antes de salir del cuarto la miro una vez más, tan quietecita, ahí en su cuna, pienso en que no siempre tendrá un año y medio, pues cada día crece y aprisiona más mi corazón. Durante las horas que esté fuera de seguro ocupará el centro de mis pensamientos.
Desde que Emily nació me he convertido en enfermera, maestra, cocinera, costurera. Ella trastocó mi rutina, ahora apenas tengo tiempo para leer algún libro o ver las series que tanto me gustan. Ya no duermo la noche entera ni almuerzo con tranquilidad, sin embargo, nunca he sido más feliz en la vida.
Cuando nos toca ser madres nadie nos entrega un manual, las abuelas nos enseñan algunas pericias y el resto de la familia nos regala sus consejos, a veces no tan acertados, pero, lo cierto es que, aprendemos a ser madres en la práctica.
Ahora me corresponde instruir a mi pequeña, irle mostrando poco a poco la vida, estar presente cuando se equivoque para ayudarla a seguir adelante, enseñarle valores correctos, regañarla cuando la situación lo amerite, pero, sobre todas las cosas, me corresponde amarla, amarla con todas mis fuerzas, porque como leí una vez “el amor cubrirá multitud de faltas.”
Me apresuro a terminar estas líneas porque ya mi niña viene por ahí y de seguro querrá quitarme el lápiz para ponerse a pintar.













