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Palma Soriano.- Tuve el privilegio en mis años escolares de tener a mi alcance excelentes profesores. A los que no importaba el horario o el plan concebido para el curso. La prioridad era aprender. Gracias a ellos me enamoré de los libros y la biblioteca, conocí del valor del trabajo en el huerto o el campo, fui puliendo la valiosa joya de la buena ortografía. Y sobre todo, comencé a descubrir a mi Cuba.
Una Cuba que trazó su camino a la libertad hurgando en su propia esencia. País que labró su soberanía en los campos y ciudades, con años echados a la suerte de la lucha revolucionaria. Nación que parió a sus hijos y no a pocos vio caer anhelando otro futuro.
Es la historia nuestra que acuña tantas y tantas páginas preñadas una más que otra de los más heroicos actos, protagonizados en su mayoría, por las generaciones jóvenes de cada tiempo. Esencia que acuña desde sus mínimos detalles de lo hecho, traza el camino presente y quizá también habla de aquello que podamos elegir y ser.
Pero es historia y Patria que depende mucho del cómo se transmite a los que la construyen y la sienten hoy con ojos marcados por la contemporaneidad. Porque para contarla hay primero que vivirla con sentimientos de orgullo y admiración. Hacer de sus protagonistas, seres humanos de carne y hueso. Esos que tuvieron miedo, se enamoraron, vivieron y tuvieron metas; mas, fue supremo ese amor no ridículo a la tierra que los vio nacer y la necesidad de hacer algo por ella y su sueño de libertad.
Gracias a esos años escolares puedo decir que me conocí un poco más. Esa historia que no pocos relegan hoy, habló y lo hace siempre de cómo nacimos; el por qué sustentamos hoy principios y valores de una sociedad distinta; y se erige en sustento de nacionalidad, cultura y resistencia. Historia bella y única que precisa hoy de voces que hablen de ella con sentido de pertenencia, originalidad y mirada aguda e inteligente. Sólo así continuará como escudo inexpugnable que salva de la extinción y la ignorancia.










