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Palma Soriano.- A Cuba le ha sido asestada, otra valiosa lección en materia deportiva. El Cuarto Clásico Mundial ha venido a probarnos, una vez más, la urgente necesidad de hacer cambios y hacerlos ya, en favor de nuestro cada vez más desangrado deporte nacional.
La pelota sigue siendo pasión y excusa para generar los más encomiados o polémicos comentarios. Sin embargo, este último Clásico se antojó como especie de daga en el ya contrito corazón de los miles de aficionados, que asistían, algunos, aferrados a exiguas esperanzas, otros, esperando el milagro frente a la pantalla de la televisión.
Japón, si bien con un equipo no a la altura de eventos anteriores, sigue haciéndonos presa con su catana. Holanda se nos antoja ya como una horrible pesadilla de la naranja mecánica con ribetes de sus bien nacidos tulipanes. Israel, sorpresa en plantilla, pero sorpresa anunciada por la nómina de sus jugadores, tampoco dejó de hacer estragos entre la novena cubana, mal movida, mal empleada por una dirección que bien poco pudo hacer con la peor selección que ha asistido a esta ya importante cita deportiva mundial.
¿Hasta cuándo el miedo y el recelo al cambio?. ¿Dónde está el accionar en favor de una verdadera actualización sobre cómo se juega el béisbol internacionalmente?. El negar que verdaderamente estemos muy atrás, sería como entonces negarnos a nosotros mismos la posibilidad de dar un paso en favor del futuro. El éxito o derrota comienza a escribirse desde la concepción del equipo, desde la preparación uno a uno, brazo a brazo de sus jugadores, desde el fortalecimiento de nuestra liga, desde el que cada niño, tenga entre sus manos, un bate y una pelota.
El béisbol es pasión, es cultura, es Cuba misma. Hay que hacer algo y de manera urgente, para que no muera la gloria pasada. Esta otra valiosa lección, bien pudiera ser un incentivo.










