- Detalles
Palma Soriano.- La Caravana de Abastecimientos avanza lentamente por el camino que no es más que una especie de trocha para carretas que se estira y encoge entre pequeñas llanuras. La vanguardia de la caravana llega a Palo Picado (hoy demarcación entre el poblado de Dos Ríos y Candonga) un ingenio azucarero abandonado luego de que Máximo Gómez y sus hombres le aplicaran la tea incendiaria allá en la primera Guerra Grande, que preñaría las conciencias de los cubanos buenos para dar luz, en el 95, lo que llamó Martí, La Guerra Necesaria, si, José Julián, el hombre que andaba con la Patria convertida en una gran estrella allá dentro donde se guarda el corazón.
Es monte firme de lado y lado, monte firme con jutías, perros jíbaros que salen a los pequeños claros y se lanzan de estampida cuando alguien, de la tropa, los achuja y entonces el lebrel se pierde entre la maleza baja dejando el sonido de sus patas sobre la hojarasca. Hay cansancio entre los oficiales y soldados y más de una docena de carretas tiradas por varias yuntas de bueyes cada una rechinan a pesar del sebo que le han puesto a los ejes. Las acémilas con los cañones de montaña llevan el pelaje sudado y de los belfos bajan guirnaldas de recinas que caen al polvo del camino y forman bolitas.
De las carretas siempre se cae algo, luce un farol nuevecito, una mochila con uniformes, más tarde un paquete con proyectiles del 30:06, el calibre de los máuseres españoles que tienen un cañón de aquí para allá y pasan un raíl de línea por la garganta de lado a lado. La caravana va dejando un lagrimeo de vituallas, porque los quintos hispanos ya no pueden más, luego de la caminata desde Santiago de Cuba hasta Palma y ahora hasta El Bayamo donde dejarán lo que reste de las cargas.
Por eso los que les estorba al dar traspiés entre el polvo y las piedras lo dejan caer porque saben que ya las fuerzas se les agotan y el calor y el sol que raja como en Extremadura, allá en la patria lejana los vuelve locos y además están las plagas: los mosquitos, los jejenes a partir de las cinco o seis de la tarde, los piojos que se rascan hasta ver la sangre en las uñas y la temible peruchina, un insecto que le entra a los gallegos, lusitanos y los extremeños y duele como un carajo, los hombres lloran.
También este bicho suele introducirse en la piel de los testículos y hacen allí su nido y se inflaman las bichitos que se están formando y hay que rayar un fósforo y poner la cabecita a llama limpia donde está la bolsita de pus para que la peruchina salga. El cirujano que viene con la tropa tiene que picar con una lanceta y raspar para limpiarlo todo. Por eso la tropa no puede acostarse sobre el suelo sino en hamacas porque la peruchina es mambisa y acaba con los gallegos.
Lo que no saben los oficiales, ni la formación de retaguardia es que detrás de la última carreta hay sombras que salen de la manigua gruesa cada vez que se ha quedado algo sobre el camino y en segundos lo agarran con las manos y se lanzan de nuevo para el matojero. Esas sombras que lo mismo salen por la mañanita, que al mediodía entre el Sol y el calor o por los atardeceres, son los mambises forrajero los que andan en pequeños grupos de seis hasta diez por las rutas de las caravanas y recogen cuanto tareco o cosa útil dejan los hispanos.
Recogen y luego guardan todo aquello en el Mogote de San Nicolás, al lado derecho de Cauto Abajo o en cualquier abrigo rocoso de la costa del Río Cauto para luego llevarlo hacia los campamentos insurrectos. Los españoles no saben que muchos de sus heridos o muertos lo han sido por los proyectiles de máuseres abandonados en los caminos y así también los mambises consiguen la sal, la quinina para las fiebres, las cartucheras y hasta las pastillas de mercurio para los combatientes con gonorrea. En España, en el Ministerio de la Guerra ni se imaginan que los independentistas cubanos, en buena manera, disparan, comen, se visten y hasta se limpian el "trasero" con los documentos robados a los cuarteles o dejados por todos esos caminos de Dios.
El Coronel Jefe de la Columna entre zetas y salivazos ordena hacer un ruedo con las carretas y armar los fogones dentro de las ruinas del ingenio. No sabe él, ni el Jefe de Inteligencia y Vigilancia, ni el Capitán de Intendencia que hay como 70 mambises de a caballo y sin montura, sin fusiles, sin escopetas, ni revólveres, solo a puro machete Collín, inventados por los yanquis del Norte para cortar con su ancha hoja, planchas de hielo en Alaska o en el Polo Norte y que Gómez el Generalísimo y Maceo, el mulato de San Luis, el hijo de Mariana, inventaron para cortar los pescuezos de los españoles como si fueran de mantequilla.
Los españoles ya dan lugar a es ese bendito olor de las carnes de puerco saladas con entreverados de carne que chisporrotean en los calderos mientras la harina de maíz con gorgojos y todo se cuece con el calor de la leña traída del monte.
Caguairanes sobran, palo que es duro como el fierro y da candela sin humo. Al poco rato se aprestan los mambises con más hambre que una macha flaca amarrada a la orilla de un camino. Les lloran los ojos al sentir como el olorcillo a carne frita les sube por los huecos de cada nariz, le llega a las papilas gustativas de sus lenguas roñosas por la sed y les golpea como un ariete en el cerebro. Llevan, los pobres, como siete días a agua de río con panal de abejas y algunos, los mejor alimentados, pudieron hervir en el campamento de Miranda unos boniatos sancochados solo con unas ramitas de cilantro ignorando la sal que hace ratón y queso que llega por esos contornos.
Cenan los españoles por fin sentados sobre las piedras, recostados de las piedras y se hartan las panzas y después comienza un recital de pedos en todos los modelos, desde los de flautín con ligeras intermitencias, hasta pasar por los parecidos a bombazos de dinamita y unos que son casi copias de los truenos que siguen a los rayos allá por la Loma de La picota, donde se preñan los aguaceros primaverales de la zona.
Se duermen poco a poco, otros rápido, sobre todo los que vienen en la infantería, los de a pié, porque los oficiales montan en mulas o caballos siete cuartas, nerviosos como buenos potros andaluces pero de paso firme y lleno de vericuetos como los días de feria o de toreo. Cuando comienza a anochecer los mambises, estos se acercan al campamento, primeros los de caballería al pelo, sin monturas, después los de infantería y más atrás los forrajeros con grandes bolsas de yarey tejido para arramblar con todo lo que acabe cerca de sus manos.
El Coronel criollo levanta su machete y todos lo miran porque que cuando lo baje será la orden de comenzar a pasar por el centro del ruedo y entre las carretas, donde haya un resquicio o si no saltar a caballo por sobre los bueyes, porque el combate solo puede durar unos minutos escasos, mientras estén adormilados los españoles y para que cuando vengan a ver o a sentir ya estén con los cogotes cortados y las sangres saliendo a chorros como sucede con los patos cuando les rebanan la tubería entre la cabeza y las alas.
Baja el machete del Coronel y la negrada se lanza, con los pellejos untados con sebo de carreta, desnudos y semejan lucíferas que acaban de bajar de los bordes del infierno cubano. Sale la caballería y la infantería y los forrajeros unos tras los otros y solo se escuchan disparos, gritos de dolor, relinchos de caballos, estampidas de mulas, ayes de quienes han recibido uno o mil tajos por todo el cuerpo y por último carretas con los bueyes espantados que cogen por el camino hacia adelante.
En minutos la desolación cunde en el campamento con sus hogueras destrozadas, con los carbones al rojo vivo que ya prenden en la manigua aventados por las patas de las bestias. La caballería mambisa regresa de nuevo al campamento para ver si queda algún enemigo pero la sorpresa ha sito tanta que hasta los mosquitos, los jejenes y las peruchinas se han perdido de los contornos.
La humareda se disipa poco a poco. Se alejan los mambises con dos o tres máuseres guindados de los hombros y las cartucheras atravesadas en los pechos desnudos. La infantería trae tres hombres heridos, no hay muertos de nuestra parte grita un emisario de la sanidad y todos ven a lo lejos la costa del Río Cauto alumbrada por la luna llena y los miles de cocuyos.
Un buen baño nos vendrá bien dice el Coronel y enciende una breva que ya tiene peste desde la primera chupada. Llegan al cañón del río y bajan despacio por los trillos que conducen al vado. Unos se zambullen en las aguas mientras las bestias y los bueyes beben. Unos negros de caballería lavan en la poza unos pelencotes de tocino llenos de tierra y sangre española que ahora suplirán a la miel de abejas y a los boniatos en los estómagos criollos.
El coronel da una chupada al tabaco y luego se da un trago de café frío de una botellita, guardada celosamente en el cartapacio de los documentos. Escupe antes de cerrar los ojos y recuesta la cabeza sobre la montura tirada sobre la hierba. Piensa un segundo antes de dormirse y una idea se le forma en el cerebro: "Así es la guerra......".










