El Santo de los cocheros de Palma Soriano

Palma Soriano. - Cuando llegaban los coches a la Ciudad del Cauto se formaba la algarabía, porque solo existían vehículos automotores. Los niños se volvían locos por montar, la vuelta costaba una peseta no más.

Luego de las fiestas, ¡adiós a los coches! Había que esperar al año siguiente si no era que se aparecía un cicloncito o un temporal de aguas y el carnaval se iba a bolina.

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Algunos cocheros venían de Bayamo, encima del jamelgo del cual eran dueños. Kilómetros y kilómetros de viaje para llegar exhaustos a Palma, ciudad que se veía a lo lejos cuando los cocheros ascendían la Carretera Central luego de dejar atrás el barrio de Arroyo Blanco. Los dueños de carruajes con algo de plata, montaban su artefacto artesanal en un camión o si aparecía una rastra, eran entonces dos o tres de ellos y en la parte de atrás los pencos o alazanes amarrados por las patas para que no les diera tiempo a saltar.

Uno de esos cocheros conocido como “El Chino” se encontró un amor y se quedó en el entonces Barrio de La Ceiba. Ya no más el viajar de Bayamo a Palma y viceversa, ya no dormir a orillas de la carretera con el caballo como compañero y celador; no empatar más de madrugada o a pleno sol una “goma” del coche o coser con hilo de zapatero algún arreo zafado o roto.

El Chino buscó cerca de su casa donde guardar su vehículo y se pasó toda una semana revisando ruedas y arreos, peinando al caballo blanco hasta dejarlo con buena estampa. Puso una tirilla de cuero aquí y otra allá y pintó con afán todos los hierros de color negro y rojo.

Así fue como los fines de semana estaban el Chino, el coche y el caballo, parqueados en la acera de Maceo, entre 26 de Julio y José Antonio Saco, en espera de los muchachos. A los pocos minutos se formaba la primera y larga cola para montar en coche. Como El Chino no tenía gerente ni administrador, y tampoco tenía jefe de personal, pagaba sus impuestos al Municipio, o sea que era el antecedente de lo que ahora se llama Cuenta Propia. Se le decía en aquel entonces particular.

El Chino siempre estaba a su hora en el parqueo que él mismo se había asignado. Daba un golpecito con el mango del látigo en una especie de timbre y al tintinear del metal subían los clientes uno por uno y en perfecto orden.

Al principio subían también los padres o madres, pero al pasar de los meses y años todo el mundo se dio cuenta de que Chino era un hombre de bien y cuidaba a los niños como si él mismo los hubiera traído al mundo. En su coche no montaban borrachos ni mujeres pendencieras, por lo menos mientras hubiera un niño que montar.

Pasaron los años y vino una época conocida como Período Especial y aparecieron de nuevo los coches, pero no los elegantes carruajes bayameses bellamente enjaezados, anchos y profundos, pegados al asfalto, fáciles de subir o de bajar; montados en muelles pendulares como los de los autos y en ballestas para mitigar los golpes en las calzadas.

Aquí surgieron variantes de los coches bayameses y las llamadas guagüitas (cuadrados artesanales y montados sobre cuatro ruedas altas). Ahora circulan gran cantidad de ellos por las calles como una alternativa para el transporte local. Sin embargo ninguno de ellos ha llegado a ser tan elegante y seguro como el del Chino, quien bien puede llamarse el Santo de los cocheros de Palma Soriano.