La sombrereria "Chevalier" de Ramón Garcés

Palma Soriano.- Cuando Ramón Garcés (padre-agregado) decidió abrir en Palma Soriano una sombrerería, ya no se sabe ni en que año fue, había personas que dudaban del éxito de tal negocio, dado que en Santiago de Cuba, la capital provincial de Oriente, había sombrererías por doquier.

La sombrereria

La fecha, el mes y el año ha quedado en las brumas del tiempo, pero Garcés, como todos le decían, era un sabedor de los negocios y más de su especialidad. Buscó un local adecuado y como no lo pudo conseguir en los alrededores del Parque José Martí, centro neurálgico para los negocios de todo tipo, adquirió uno pequeño frente a una de las ferreterías más poderosas y encumbradas del Oriente de la Isla: la de Casimiro Orriols, español de nacimiento y acubanado en Palma, quien llego a la mayor de las Antillas con el famoso refrán de las dos manos, una adelante y la otra detrás, pero que en su caso, se quitó las dos manos de las partes adineradas y echó para adelante hasta convertirse en ferretero importador.

Ramón Garcés sabía que los cafetaleros, los ganaderos y todo aquel que necesitara de una caja de clavos para herrar, morrales, puntillas, grampas, la parafernalia completa de agricultura y la ganadería, tenía que venir a morir a la ferretería del frente y los vaqueros, los cafetaleros usaban buenos sombreros para salir y ahí estaba Garcés con sus dos vidrieras(se agregaron fotos en que se pueden observar esas vidrieras) como antesala del resto del negocio, presto, el y su hijo, no recuerdo si tenía otro empleado, a complacer al cliente, que por supuesto, en aquellos tiempos siempre tenía la razón y que, por lo general, salía con la testa cubierta por un bello sombrero tejano o con un sombrero de ala corta igual o muy parecido a los que hizo famoso el Morocho del Abasto, Gardel, para ponérselo con un ala ladeada como lo usaban los machos remachos.

Garcés era el único representante en Palma Soriano de las afamadas marcas Stenson, que se fabricaban solo en Norteamérica igualitos a los de los vaqueros del Oeste de esa nación, que salían en las películas que daban en la matinés del Teatro Lupita frente al parque José Martí. Los había en todos los colores, desde los grises, marrones y hasta negros, y no había ganadero dueño de fincas, ni el peonaje que arreaba las reses que no tuviera uno guardado en su caja para ostentarlo los domingos cuando venían a Palma los fines de semana a bañarse en cerveza, allá por los bares , donde bellas muchachas los desafiaban con la Cristal, Polar o Hatuey, hartas de frío de la chapa hasta el fondo. Para los elegantes de la ciudad del Cauto estaban a la venta los famosos Borsalinos que se traían de la Habana con las hormas a la moda Europea, copias fieles de los que usaban en los filmes yanquis estilo Gardel, como ya dijimos o al que reverenciaban los gángsteres de Nueva York y Chicago.

Garcés tenía en la trastienda, pero visibles para los clientes, su taller, donde se llevaban a la talla requerida las alas; siempre aparecía la talla necesaria para el que los iba a usar. También los ricos de nacionalidad española compraban allí los Jipi Japa de Panamá o Costa Rica, que se podían doblar y hasta meter en un bolsillo y cuando usted los soltaba, volvían a coger la horma original. No se escapaban de comprar los que por la parquedad de sus bolsillos solo podían adquirir un sombrerito Panza de Burro, vaquero al fin pero de baja ralea y aquellos de ala corta forrados de un nailon negro, pero eso sí, nadie salía mal atendido y con la cabeza sometida al sol del verano o al crudo invierno palmero de aquel entonces donde no había El Niño ni La Niña y el Río Cauto corría a todo meter hasta Manzanillo.

Andrés Garcés era un hombre alto, delgado, siempre vestido a lo elegante, con sombrero puesto, dado a su oficio y negocio. Usted podía verlo detenido entre las dos vidrieras y la puerta y si tenía alguna oferta, llamaba por su nombre a los paseantes de Martí Arriba y Martí Abajo para decirles que pasaran a la tienda o miraran en las vidrieras lo último que acababa de llegar. Casi nadie escapaba a la magia de penetrar en aquel lugar donde se hacía gala a los olores mas encumbrados que anunciaban la elegancia de la elegancia, una especie de paraíso del bien vestir, porque como decían los anuncios de la Revista Billiken que llegaba a Palma desde Buenos Aires, Argentina: “ningún caballero estaba bien vestido sin un sombrero”.

Pues decirles que, cierta tarde, yo pasaba por frente a la sombrerería de Garcés y este me llamó y tomándome de un mano me entró en el negocio y luego de buscar un ratito, a ojo de águila vino con una caja y dentro con un Stenson marrón claro que cuando me lo encasquetó, parecía que había nacido junto conmigo. Le dije que yo no traía los 23 pesos que valía y solo me contestó: “Dígale a su padre que yo fui el que lo llamó y le puse el sombrero en la cabeza, que cuesta 23 pesos y que se lo puse en su cuenta, ahhh, y dígale, que no se le olvide, que el hijo de un ganadero tiene que andar elegante”. Por supuesto que papá ante tal mensaje no podía decir nada y me quedé con el Stenson que me duró años y años.

Recuerdos, recuerdos son, y a veces al cronista se le escapan detalles, pero todo esto se escribe, en primer lugar, de buena fe y en segunda, para que los jóvenes de ahora sepan que, en Palma Soriano, existió un señor llamado Ramón Garcés, muy querido por todos, que procreó una vasta familia con orgullo de apellido y comportamiento social impecable, que si no ha quedado en los libros de historia de nuestra Ciudad, se le ha recordado en esta crónica.