La Tienda La Reformista de Palma Soriano

Palma Soriano.- No hay fecha exacta en los archivos de los historiadores palmeros, sobre cuando se abrió al público La Reformista. Algunos opinan, que fue fundada por un señor de origen gallego de apellido López en los años 20, pero lo cierto es que llegó a ser la peletería más grande de Palma Soriano, sita en la calle Real o José Martí, esquina a Donato Mármol donde hoy se encuentra Meridiano Cubalse.

Pasados los años, un joven emprendedor llamado Jesús Suárez, se dice que no era originario de nuestra ciudad, hubo de casarse con la hija mayor de López e inmediatamente se integró al negocio. La muchacha se llamaba Milagros López y en toda Palma Soriano se le conocía por Mila. De esa unión matrimonial nacieron Jesús, Noris y Mirna. Todos residían en la casona de Quintín Banderas entre Martí y Máximo Gómez (agregado: al lado de Orriols), acompañados por los abuelos. El anciano falleció primero que su esposa y Lola, como todos le llamaban en la familia, el barrio y la ciudad, le siguió los pasos más de 20 años después. Ya en ese entonces Mila, se había marchado hacia los Estados Unidos de Norteamérica con todos los descendientes.

tienda-la-reformista-01-016.jpgLa Reformista comenzó como una modesta tienda de zapatos, en Cuba se le llamaba a eso Peletería, cuyo dueño, el español, por añadidura gallego, apellidado López, tenia el interés comercial traído de la vieja Europa: vender calzado de calidad, pero en las añejas instalaciones. Pero nada más entró la savia joven del yerno, Jesús Suárez, y pronto los mostradores de madera recia fueron cambiados por los modernos de cristal que permitían ver a los clientes y sobre todo a las clientas, las sandalias y ballerinas, que las mujeres compran más por los ojos que por el entendimiento, se modernizó todo el área de ventas, se pusieron asientos personales y espejos para que los compradores se vieran los pies mientras se probaban y hasta se regalaban calzadores con los nombres de las principales firmas fabricantes de zapatos y sus útiles, tanto de Cuba como de los Estados Unidos, entre estos los de la renombrada Acme, especializada en botas vaqueras.

Pero Suárez no iba a parar solo con esos cambios. La figura del vendedor con saco y corbata y camisa blanca, serio y comedido que mostraba respeto a las damas y caballeros fue cambiada, con la presencia de casi una docena de jóvenes dependientes, la mayoría conocidos por la clientela, por pertenecer a la burguesía media, los cuales, con las mangas de las camisas blancas dobladas hasta el codo y la sonrisa en el disparador, iban y venían del almacén trasero, cargados con los zapatos, sandalias, botas y hasta saltos de cama y chinelas, que en la Reformista había por miles de todos los tipos, modelos y precios.

Jesús Suárez no solo trajo a Palma Soriano el comercio moderno, sino también la alquimia de las nuevas relaciones sociales entre el vendedor y el cliente, donde el primero, con su gracia y experiencia, con sus sonrisas, sin caer en la dependencia ni la adulonería, establecía tal misterio, que en la mayoría de las ocasiones el o la que iba a comprar un par, terminaba llevando dos o tres pares para los demás de la familia. El dependiente no era el empleado que ofertaba una mercancía, el dependiente era, en La Reformista, un entendido en la materia, que podía aconsejar al que adquiría o iba a adquirir un calzado, el último grito de la moda en París, Madrid, Nueva York o la Habana.

Pronto, con esa nueva imagen, la Reformista ganó en adeptos por cientos o por miles y siempre, de lunes a sábado se mostraba llena. Pero no podemos soslayar una página de esa genialidad del arte de vender. Si a las féminas les atraían los empleados jóvenes y bien parecidos, ágiles y de risa sana a los varones les encantaba ver a la cajera del negocio: una mujer trigueña, de unos ojos verdes que pasmaban a cualquiera, un rostro bello entre los bellos, sentada en una alta banqueta detrás de la caja, que recibía primero a los dependientes con su carga de zapatos y luego a los que iban a pagar con una sonrisa elegante, ella vestida a la última moda. Su nombre era y es, Marina Garcés (agregado: reside en Aguilera, entre Quintín Bandera y Donato Mármol) y todavía anda por Palma Soriano con su carga de años, pero esbelta y elegante.

Cuando las personas la saludan con mucho cariño: ¡Marína!, ella antes de responder, lanza su sonrisa al aire de la ciudad querida, aunque posiblemente el que la interpela no conoce su historia. Pero no todo fue arte de magia al levantar aquel vetusto negocio de peletería. Suárez buscó viajantes que andaban por todas las seis provincias de entonces, ofreciendo zapatos y otras creaciones de la peletería nacional. Otro emprendedor hombre de negocios llamado Manuel Oliva, zapatero de pura cepa, hombre de izquierda devenido en dueño de un gran taller de zapatería, se había ligado al capital de Jesús Suárez, quien nunca cuestionó las ideas políticas del manzanillero y entre ambos, inteligentes y conocedores de ese negocio a fondo, dieron trabajo fijo a decenas de obreros de la bigornia, de las puntillas, el martillo y la piel.

Sobre la biografía de Jesús Suárez no hay muchos datos, solo apuntes recogidos por este cronista en los parques y calles de la villa del Cauto. Fue un hombre de bien, asequible a ricos y pobres, más bien callado, dicen algunos, que le gustaba la pelota a rabiar, pero no solo escucharla por la radio o la televisión, le encantaba verla, olirla y sentirla en los estadios, con el griterío de la afición. Muchas veces viajaba a Santiago en su auto para disfrutar con el hijo, al que todos llamaban Chuchi y alguno de sus amigos de la escuela, para sentarse en los duros bancos del Antonio Maceo, el coliseo de los guantes y los bates, para disfrutar de un encuentro de su club favorito.

Suárez trajo a Palma Soriano el primer auto Chrysler cuyos cristales en las puertas, subían y bajaban por medio de un mecanismo eléctrico, pero también fue el emprendedor hombre de negocios que ayudó a mucha gente que quería superarse en la vida a poner, por ejemplo, una cafetería, una talabartería, una finca y lo único que exigía, que cumplieran con él con la devolución monetaria de lo prestado, sin pedir ni una moneda por encima. Dicen algunos que Jesús Suárez, en su juventud, era un muchacho pobre, muy pobre, pero con ansias de elevarse ante las discrepancias de la vida y lo logró.

Su velorio, cuando falleció, en los registros funerarios de Palma, que mantiene viva la imaginería popular, fue uno de los más concurridos. Lo velaron en su propia casa y fueron hasta al lado de su féretro, pobres y ricos, hombres que habían dejado un rato antes el martillo y la cuchillas de picar los cueros, sus dependientes de la Reformista, sus hermanos de la Iglesia Católica, las Autoridades Municipales y si es cierto que al velorio y entierro de los justos va todo el pueblo, podemos añadir en este homenaje final, que el de Jesús Suárez, en Palma Soriano, la ciudad del Cauto, fue justo.

Testimonio de Manuel Oliva Sirgo, Historiador de Palma Soriano. “Si, yo puedo aportar algunos datos sobre Suárez, él y mí padre se llevaban muy bien, eran los dos unos verdaderos hombres de negocios, se respetaban y el valor de un contrato entre ellos estaba afincado en la honestidad. En el capitalismo la palabra de un hombre o de una mujer es el mejor código de ética que existe sobre el Planeta. Suárez era un buen hombre, de eso nadie tiene dudas, pero la ganancia era para él su principal regla de juego al igual que mi papá. Yo nunca supe en realidad de que pueblo o provincia era Suárez, solo que era yerno del Gallego López”.

“Yo leía hace unos días la primera parte de este trabajo y esta correcto lo que dices, los testimonios son valederos, porque al principio de esta Revolución todo lo que había sido capitalismo en Cuba fue estigmatizado en forma extrema, no científica, como las analizaron Marx, Engels y Lenin, sobre todo en los asuntos económicos. Mi papá vino de Manzanillo en los años 30, con aquella oleada de zapateros no industriales, o sea como los cuenta propias de la Cuba actual. Ellos vinieron a Palma por la fama que tenía este territorio en el desarrollo azucarero, cuatro o cinco centrales y por ende, cuando la gente gana consume. Nosotros fuimos a vivir a una casona en la calle Moncada, entre Quintín Banderas y Donato Mármol, casi en la esquina de esa última calle nombrada”, apunta el historiador.

“Fíjate si era grande la casa que donde ella estaba enclavada hoy han construido cuatro viviendas modernas. Tenía aquel lugar un patio enorme al fondo y allí papá montó el taller, una especie de nave y allí instaló la maquinaria indispensable y comenzó a buscar operarios. Sacó lo que se llama ahora una patente, o sea que matriculó en la Zona Fiscal y en el Registro de la Propiedad, una marca de zapatos. Mira, David, referente a Ramón López y a Jesús Suárez solo he podido corroborar hasta el momento, en el caso del segundo, que también era español pero no se si era de procedencia gallega y tampoco si vino directo de Galicia hasta Palma ni de que aldea procedía”, prosigue Oliva Sirgo.

tienda-la-reformista-02-016.jpg“De Ramón López, tampoco he podido conocer si se ligó a Jesús en los negocios por medio del matrimonio con Milagritos o decidieron unirse en capital para emprende viaje juntos. Lo cierto es que he averiguado que, la primera Reformista estuvo en la esquina de Quintín Banderas y Martí. Luego, Don Ramón adquirió la enorme casona de Martí y Donato Mármol en la otra esquina de la cuadra, donde hoy funciona Meridiano Cubalse, una tienda propiedad del Estado. Al trasladar en los años 30 la tienda hacia su nueva y enorme instalación, López levantó un edificio de mampostería y fundó allí el banco llamado López-Sariol con capital mixto de Don Federico Sariol y de los López”, comenta Oliva Sirgo.

“Este edificio luego fue vendido al sistema cubano de bancos conocido por Banco Popular. En la parte trasera del edificio levantó una casona para su familia. Testimonios recogidos con personas de la época aclaran que si bien Suárez fue una inyección de modernidad, ya Don Ramón tenía en mente variar el sistema comercial que funcionaba en Palma hasta esos años. Ya en los cincuenta del pasado Siglo XX, la firma López y Suárez no solo era expendedora de calzados de todo tipo, sino que contaba con numerosos talleres particulares que le tributaban el calzado”, apunta nuestro historiador.

“Siendo Palma un ente agrícola, como ya dijimos hace un rato, había mucha necesidad de botas rústicas de trabajo para los cultivadores de cañas de azúcar, recuerda que había varios centrales en el territorio. Hay un detalle muy importante y fue que la firma trajo a residir en Palma a zapateros de Manzanillo, algunos ya residían en Palma y a su vez trajeron obreros y hasta dueños de pequeñas manufacturas del Guacanayabo y hasta de Holguín, por ejemplo, un señor al parecer de origen asiático apellidado Chang, quien montó un taller grande de fabricar balerinas, unas zapatillas que usaban mucho las damas sobre todos las de mayor edad y que se vendían como pan caliente por sus bajos precios y buena presencia y diferentes modelos”, prosigue Manuel.

“Otro señor que abrió un taller de calzado manufacturado en Palma fue uno apellidado Vallerino, que levantó su negocio con numerosos operarios en la calle Moncada, mi propio padre, Manuel Oliva, con su taller, de quien te he hablado en otra entrevista y así, recuerdo, que en la casa de madera donde residió muchos años el profesor de inglés, toda una personalidad en la ciudad, de piel bien prieta, que residía en la loma de Donato Mármol, Ramoncito se llamaba, frente a la intersección de la calle Rius Rivera, antes de ir a vivir para allí, existió en el lugar otro taller de mediano tamaño pero nadie recuerda el nombre de su dueño. “Pues como te iba diciendo hace un rato, López y Suarez, al momento de ser nacionalizado su negocio por el naciente Estado Revolucionario, eran dueños de un depósito de pieles crudas que funcionaba anexo al Matadero Municipal de Palma, lindando con el Río Cauto, en el reparto Quintana, una tenería que estaba abierta en un caserón muy viejo que estaba a pocos metros del Club Deportivo, ahora hay allí una escuela primaria, pero en aquel entonces era un potrero que circundaba al vetusto Estadio José Martí, casi en ruinas y que era un pastoreo de caballos, vacas y ganado menor. Todo el que tenía en esa zona un animalito lo soltaba allí a ramonear las hierbas, pues la cerca perimetral estaba derruida”, dijo Oliva Sirgo.

“Mira, se me olvidaba decirte que en esos tiempos había otros talleres pequeños como los de Sidonio, Alfredo y otros como el de Paquito Rosabal. Recuerdo uno que existió en la calle Máximo Gómez, entre Donato Mármol y Quintín Bandera, al lado del actual mercado agropecuario que se llama La Placita(anteriormente almacén de Educación). Lo real es que alrededor de La Reformista, López y Suárez levantaron un verdadero emporio alrededor de la fabricación y venta de calzado. Ellos tenían el acopio de las pieles vacunas al lado del Matadero, el monopolio del curtimiento las pieles, pero caso curioso, no explotaban a nadie, porque ellos les entregaban las pieles listas a los dueños de los talleres, más los accesorios: hilos, remaches, puntillas, adornos en forma de crédito y luego absorbían toda la producción con los precios establecidos por el mercado o por los contratos, para estimular la fabricación y venta del calzado. Como se dice ahora, Palma Soriano al triunfo de La Revolución era una potencia en la rama de la peletería, con viajantes por todo el país, más la representación de fabricantes nacionales extranjeros como por ejemplo la Ingelmo, que era cubana y la Acme, que era norteamericana especializada en botas vaqueras de todo tipo”, manifiesta Oliva Sirgo.

Al abrir una enorme fábrica de zapatos, quizás otro lo hubiera hecho así, y se hubieran echado encima una gran empleomanía cuyos miembros eran mayoría gente de izquierda, por tanto, tendrían que lidiar con el sindicato, las huelgas, las reclamaciones salariales, etc. Ellos no, ayudaron a que creciera la manufactura y se sacaron de encima todos esos líos. Ganaban bastante los dueños de talleres particulares, que pertenecían a una Asociación Nacional de Fabricantes de Calzado de Cuba, ganaban bastante los obreros del calzado, que estaban organizados en su sindicato Municipal y a su vez al Nacional, que ambos, como se puede ver, defendían ante el Estado ante las posibles afectaciones en sus intereses como pequeños dueños de talleres y como proletarios.

Mira, David, continúa refiriendo Manuel Oliva Sirgo, “yo, como Historiador de la ciudad y zapatero artesano nato por herencia familiar, en mi casa todo el mundo sabe hacer sandalias, calzado de salir, hasta mi esposa y mis nietos pegan suelas (agregado: el conocido Ramazotti) , te puedo decir, con propiedad que si el Estado Socialista permitiera la pequeña y mediana manufactura de calzado como era antes y limitara sus funciones a cobrar impuestos adecuados al margen de ganancia y eliminara esas grandes fábricas inoperantes que cuando se acaba el pegamento o cualquier producto industrial se detienen, semanas, meses y años, las tiendas estatales estarían llenas de sandalias por millones porque el calzado cubano fue siempre el mejor del Planeta y no es una perogrullada lo que afirmo”, sostiene Oliva Sirgo.

“El Estado Cubano, al hacer lo mismo que el monopolio de López y Suárez, sería el comprador y el distribuidor, aparte de que los talleres hicieran a pedido sandalias u otros tipos de zapatos a clientes particulares. Mira nada más como se pierden en los campos miles de cueros por no ser recogidos y como se han importado millones de botas de mala calidad y los manufactureros cubanos fabricaban las mejores botas de trabajo y militares, cuando inclusive las suelas eran de piel. Yo ahora estoy enfrascado en escribir la verdadera historia del Movimiento Obrero y de la manufactura de zapatos, asunto que no tratan los libros oficiales, para que las futuras generaciones de palmeros, en nuestro territorio y en el exterior, conozcan que posiblemente, la media suela se halla inventado en Palma Soriano, no te rías, yo se que fue en Europa, pero que en Palma, hasta bien entrado los años 60, residieron cientos de obreros zapateros. Muchos han fallecido, pero la semilla está fructificando nuevamente dentro del movimiento Cuenta propia”, apela el historiador nuestro.